El soporte de hormigón del suelo deportivo: siete partes de él, tres del tablero

Hay un dicho en el sector: cuando falla el suelo, en la mayoría de los casos el problema no es el suelo. Exagerado, pero bien orientado. Más de la mitad del rendimiento del suelo deportivo depende del hormigón que tiene debajo, y esa capa a menudo queda fuera del contrato de pavimento, convirtiéndose en tierra de nadie.
Humedad es la primera barrera. El hormigón nuevo necesita tiempo para secar, normalmente semanas por cada centímetro de espesor, según ambiente y si hay barrera contra humedad. Las prisas son el principal asesino: parece seco, se toca seco, pero la humedad interna sigue alta, y a los tres meses aparecen ampollas. La acción clave es medir y dejar constancia, no mirar. Plantas bajas sobre terreno, sótanos y losas sin barrera casi siempre tienen migración continua de vapor: exigen barrera o construcción aislante/transpirable previa, o cualquier suelo deportivo será cuestión de tiempo.
Planeidad es la segunda barrera. La tolerancia bajo la regla de dos metros es un número duro; si se supera, hay que nivelar. Las consecuencias de no hacerlo son concretas: sensación de vacío, ruidos al pisar, concentración de tensiones en juntas que rompe soldaduras, y rebote irregular del balón. Muchos ahorran en autonivelante confiando en que la cola «rellene» unos milímetros: el adhesivo no es material de nivelación; puesto grueso, se retrae, agrieta y pierde adherencia.
Resistencia y calidad superficial son la tercera barrera. Arenado, pulverulencia, leche de cemento o restos de desencofrante hacen que la cola se pegue solo a una piel suelta que, llegado el momento, se arranca en bloque. El ensayo de tracción (pull-off) es la forma directa de juzgar si el soporte recibe bien; más fiable que la experiencia. Además, morteros de reparación antiguos, zanjas de instalaciones y bordes de juntas son bandas débiles de resistencia desigual que deben marcarse y tratarse aparte antes de tender.
Las fisuras deben clasificarse. Las fisuras inertes se sellan y refuerzan; las fisuras vivas (juntas de asiento o estructurales que siguen moviéndose) exigen transición flexible o discontinuidad, subiéndolas tal cual, nunca cruzándolas a la fuerza: cruzarlas garantiza fisuras reflejas que arrastran consigo el acabado. Para saber si una fisura sigue activa basta con pegar unos testigos de yeso o vidrio y observar unas semanas: coste mínimo, información máxima.

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