Un suelo que soporta diariamente cientos de pisadas, abundante sudor y contacto corporal frecuente es, en esencia, un enorme vector microbiano. Tras la pandemia, el desempeño sanitario de los pabellones ha dejado de ser una simple cuestión de limpieza para convertirse en elemento central de la habilitación operativa y la confianza de los usuarios.

La elección de material, los detalles constructivos y los protocolos de mantenimiento del sistema de suelo determinan conjuntamente su carga microbiana y la emisión de compuestos orgánicos volátiles.
La estructura porosa del material es la primera línea divisoria. Los rollos de PVC de celdas cerradas, las losetas de caucho y los recubrimientos densos de poliuretano base agua son impermeables, dificultan la penetración de manchas y admiten repetidas limpiezas con desinfectantes clorados o de amonio cuaternario sin dañar el sustrato. En cambio, los respaldos espumados de celdas abiertas, las almohadillas de corcho, los poros de la madera insuficientemente sellados y los rebabas en las juntas son refugios para bacterias y hongos. Los poros abiertos de la madera son particularmente problemáticos: las sales y proteínas del sudor penetran y ennegrecen con el tiempo, siendo imposibles de eliminar con fregado ordinario. La solución pasa por aumentar las manos de imprimación selladora en la fase de barnizado o, en zonas de alto riesgo, optar por paneles compuestos homogéneos sin poros.
Las juntas constituyen el eslabón más débil desde el punto de vista higiénico. Por muy denso que sea el material, toda junta permeable permite que el líquido se infiltre y forme una capa húmeda entre forjado y acabado, foco de malos olores y manchas de moho. Los rollos de PVC deben soldarse con aire caliente, con cordón pleno y sin falsas soldaduras, escuadrando ligeramente por encima del plano de la placa; las uniones machihembradas de madera han de ser estrechas,

