El rendimiento de amortiguación del suelo deportivo es, en esencia, una cuestión de mecánica estructural.

El sistema de suelo debe absorber y dispersar la energía en el instante del impacto al aterrizar el deportista, y al mismo tiempo proporcionar una restitución energética moderada que sustente el movimiento continuo. Esta doble exigencia, aparentemente contradictoria, constituye el desafío central del diseño de la estructura de amortiguación del suelo deportivo.
El efecto muelle es el principio mecánico fundamental de la amortiguación del suelo deportivo. Los sistemas de suelo flotante separan la capa superficial del soporte base mediante puntos de apoyo elásticos, conformando un sistema masa-muelle-amortiguador análogo a un resorte. Cuando el deportista aterriza, la energía del impacto es absorbida primero por la deformación elástica de la capa superficial y, a continuación, se transmite al soporte base a través de los puntos de apoyo elásticos, donde la deformación adicional del soporte disipa la energía restante.
Los suelos de elasticidad puntual y los suelos de elasticidad de área representan dos estrategias de amortiguación distintas. En los suelos de elasticidad puntual, la absorción del impacto se concentra en las inmediaciones del punto de carga, con un alcance de deformación reducido, lo que los hace adecuados para deportes que requieren una respuesta precisa del pie, como el tenis de mesa y la gimnasia. Los suelos de elasticidad de área presentan un mayor alcance de absorción del impacto, capaz de dispersar la fuerza sobre una zona más amplia, siendo más apropiados para deportes con saltos frecuentes como el baloncesto y el voleibol.
La tasa de absorción de impactos y la deformación vertical son dos indicadores clave para medir el rendimiento de amortiguación. La norma europea EN 14904 establece que la tasa de absorción de impactos del suelo deportivo no debe ser inferior al 25%, y que la deformación vertical debe situarse entre 2,0 y 5,0 milímetros. Una tasa de absorción demasiado baja implica que una mayor proporción de la energía del impacto se transmite a las articulaciones y huesos del deportista, incrementando el riesgo de lesiones. Una deformación vertical excesiva, por el contrario, genera una sensación de «blandura» bajo los pies que afecta negativamente al rendimiento deportivo.

