En deportes como el tenis o el balonmano, la velocidad a la que la pelota se desliza y rebota tras tocar el suelo dicta completamente la táctica del juego.

El «índice de velocidad» es una métrica estandarizada que clasifica las canchas en lentas, medias o rápidas. Esta velocidad depende directamente de la rugosidad microscópica del barniz y de la rigidez de la base.
Un suelo con alta fricción y mayor absorción de impactos frena la pelota, favoreciendo los intercambios largos y el juego defensivo. Por el contrario, una superficie lisa y rígida acelera el balón, premiando a los jugadores con saques potentes y reflejos rápidos. Los arquitectos deportivos ajustan el acabado del suelo para crear el ritmo exacto que la competición requiere, convirtiendo la superficie en un director de orquesta invisible.

