Entre reparar y cambiar no hay término medio, y cuanto más se dilata, mayor es el coste. Cualquiera de estas cinco señales obliga a plantearse seriamente la sustitución integral, no seguir poniendo parches.

Uno: ampollas o despegues que siguen extendiéndose, con fuente de humedad persistente. Reencolar localmente solo tiene sentido si se ha cortado el agua y secado el soporte. Si meses después aparecen nuevas ampollas cerca, el problema está abajo o en el ambiente, y los parches solo disfrazan el síntoma. Más de tres retornos por la misma causa marcan el punto de inflexión hacia sustitución más solución de raíz.
Dos: capa de desgaste agotada o próxima a agotarse, con capa intermedia o espumada a la vista. En ese punto el coeficiente de fricción, el antideslizamiento y el rebote del balón ya se han alejado del diseño original, y ninguna limpieza o reacabado lo devuelve. Prueba sencilla: las líneas se borran primero, las zonas bajo el aro y de saque brillan y blanquean, y al tacto la textura ha desaparecido. Donde se sienta liso como un film plástico, toca cambiar. Si esas zonas forman una extensión continua sobre el área principal de actividad, los parches locales ya no sirven.
Tres: pérdida de planeidad, con zonas blandas extensas, sensación de vacío u ondulaciones visibles. Esto indica que no ha fallado solo la cara vista, sino la capa de adhesivo o incluso el soporte. Defectos que afectan a la seguridad no se tratan con «todavía aguanta».
Cuatro: prestaciones inconsistentes tras reparaciones repetidas. El estado más oculto y más peligroso: una pista con múltiples parches, reacabados locales y soldaduras parciales presenta fricción, elasticidad y color distintos según la zona. Una lesión en esas condiciones hace muy difícil repartir responsabilidades, porque el propietario difícilmente podrá acreditar que ofreció una superficie uniforme. Cuando los usuarios pueden señalar qué tramo está arreglado y cuál no, es hora de cambiar.

