Muchos creen que el deslumbramiento es problema de la luminaria, cuando en realidad el suelo decide el destino final de la luz. El pavimento ocupa la mitad inferior del campo visual del deportista y sus propiedades reflectantes afectan directamente al confort visual

la velocidad de identificación de objetivos y la fatiga en entrenamientos prolongados. Por muy fino que sea el diseño lumínico, si la reflexión del suelo se descontrola, el resultado global queda comprometido.
Conviene distinguir tres fenómenos ópticos distintos. Primero, reflexión especular: la fuente forma un brillo nítido sobre el suelo, típico de parquets barnizados en capa gruesa y acrílicos pulidos. Resulta punzante desde ciertos ángulos y perjudica especialmente deportes de seguimiento continuo de móvil pequeño (tenis de mesa, bádminton, tenis). Segundo, reflexión difusa: dispersión uniforme en todas direcciones, propia de acabados mate; mejora la uniformidad general de iluminancia pero reduce saturación cromática y contraste de líneas. Tercero, reflexión semi-mate intermedia, compromiso adoptado por la mayoría de pavimentos deportivos profesionales. Entender esta tríada permite describir con precisión la necesidad en licitación, en vez de pedir vagamente «que no brille».
El indicador cuantitativo es el brillo (habitualmente a sesenta grados, en GU). El intervalo adecuado varía por deporte: baloncesto y voleibol toleran valores algo más altos que aportan luminosidad espacial; bádminton, tenis de mesa y esgrima requieren brillo bajo para evitar interferencia visual al seguir móviles rápidos; gimnasia y danza tienden a preferir algo más de brillo para mejor definición de líneas corporales y espacialidad. El pliego debe fijar techo de brillo por tipo de deporte, junto con método de ensayo (ángulo, aparato, número de puntos). Más robusto aún: exigir muestra física real y validarla in situ bajo las luminarias definitivas y su altura de montaje.

