En deportes de pelota como el baloncesto y el voleibol, la tasa de rebote de la pelota en el suelo afecta directamente a la equidad y al atractivo de la competición.

La tasa de rebote se define como la relación entre la altura de rebote y la altura de caída de una pelota que cae libremente desde una altura determinada. Si el suelo es demasiado duro, la pelota rebota demasiado alto y los atletas tienen dificultades para controlar el ritmo; si es demasiado blando, el rebote es insuficiente y el ritmo del juego se vuelve lento.
Organismos profesionales como la FIBA establecen requisitos claros para la tasa de rebote de los suelos de baloncesto, exigiendo habitualmente un rebote superior al 90%. Esto significa que el suelo debe ofrecer la suficiente dureza para sostener el rebote de la pelota y, al mismo tiempo, contar con una buena capacidad de amortiguación para la protección del deportista.
La tasa de rebote está estrechamente relacionada con el módulo de elasticidad del suelo. Un suelo con un módulo de elasticidad adecuado puede absorber los impactos y, al mismo tiempo, ofrecer una superficie de rebote estable para la pelota. En cambio, un suelo con una elasticidad excesiva o insuficiente provocará rebotes irregulares, afectando al juicio y al rendimiento de los atletas.
Además, la planitud del suelo también influye en la uniformidad del rebote. Si existen desniveles en la superficie, la pelota puede rebotar a distintas alturas según la zona, lo que genera desigualdad en la competición. Por ello, los pabellones profesionales son muy exigentes con la planitud del suelo durante la instalación.

