En la mente del consumidor promedio, un suelo más grueso es sinónimo de mayor calidad y durabilidad.

En la ingeniería deportiva, esto es un mito. La capacidad de un suelo para absorber impactos y proteger las articulaciones no depende del grosor de la tabla superficial, sino del sistema de suspensión subyacente.
Una tabla de arce de 22 mm apoyada sobre vigas y almohadillas de caucho de alta calidad ofrecerá un rendimiento olímpico. Esa misma tabla, pegada rígidamente al hormigón, será tan dura como una roca, sin importar su grosor. Lo que realmente importa es la elasticidad de las vigas, la densidad de las almohadillas y la calidad del contrapiso. Gastar dinero en tablas de 25 mm de grosor sin mejorar el sistema flotante es tirar el presupuesto; la magia de la amortiguación siempre ocurre debajo de la superficie.

