Cada vez que un atleta salta y cae, sus rodillas y tobillos absorben una fuerza equivalente a varias veces su peso corporal.

Si esta fuerza se transmite directamente desde un suelo rígido, el desgaste articular es inevitable. La métrica clave para medir la protección de un suelo es la «tasa de absorción de impactos».
Los estándares internacionales exigen que un suelo deportivo absorba al menos el 53% de la energía del impacto. Esto se logra mediante la combinación de vigas flexibles y almohadillas elásticas que se comprimen al recibir la carga. Un suelo con una absorción del 60% es significativamente más seguro para las articulaciones que uno del 40%. Esta capacidad de «tragar» la energía destructiva es lo que permite a los atletas profesionales jugar durante temporadas enteras sin sufrir lesiones crónicas por sobrecarga.

