obre el mantenimiento hay dos extremos igual de malos: «fregar todos los días» y «arreglar cuando se rompa». El primero tira dinero; el segundo, mucho dinero. El ritmo correcto es simple: tres niveles —algo cada día, algo cada mes, algo cada año—.

Cada día, dos tareas: barrer y mirar. Con mopa seca o escoba blanda, quitar arena, pelos y papeles: la arena es el enemigo número uno, actúa como lija fina bajo las pisadas y empaña la superficie. De paso, revisar charcos, derrames, chicles y bordes levantados. Son diez minutos que deciden el ochenta por ciento de la vida útil del suelo. Se puede fregar, sí, pero bien escurrido, con agua o limpiador específico, nunca con productos de baño.
Cada mes: desmanchar y retocar líneas. Marcas de suela con limpiador neutro y almohadilla blanda; nada de estropajos de acero ni disolventes fuertes, que se llevan la capa de brillo. Donde la línea esté borrosa, repintar: línea mal visible es motivo de torceduras y de discusiones. En parquet, aprovechar para buscar zonas blanquecinas, astillas o crujidos nuevos.
Cada año: chequeo prestacional y limpieza profunda. Medir fricción y absorción de impactos con laboratorio acreditado o, en su defecto, probar con el mismo calzado y mismo gesto en puntos fijos comparando con el año anterior: la sensación humana es imprecisa, pero la tendencia de varios años no engaña. Ese año toca barnizar el parquet, sellar juntas del sintético, desmontar y limpiar bajo los módulos. Trabajos modestos que añaden años de vida.
La estación manda. En temporadas húmedas del sur, cuidar el deslizamiento y añadir deshumidificadores; en el norte en invierno, la sal de deshielo que entra por la puerta es húmeda y corrosiva: poner alfombras de entrada generosas. En pistas exteriores, cerrar las horas de sol fuerte: la cara ablandada por el calor se raya y pega suciedad con facilidad.

