La acústica suele ser la primera sacrificada en la selección de suelos deportivos. Se prioriza el presupuesto para absorción de impactos, fricción y resistencia al desgaste, asumiendo que «el sonido se arregla instalando absorbentes». Pero el suelo es a la vez fuente de ruido de impactos y superficie reflectante determinante de la reverberación

y ninguna de las dos contribuciones se compensa plenamente con tratamiento de paredes. Descubrir tras la entrega que los pasos atruenan, los silbidos hieren o los vecinos de abajo protestan, implica un coste de rectificación que supera con creces la optimización previa.
Las fuentes sonoras se agrupan en dos clases. El ruido aéreo —gritos, silbatos, música, golpeo de balón— se amplifica principalmente por la reverberación del recinto; el ruido de impactos —pisadas, arrastre de aparatos, botes, caídas de objetos— se transmite por la estructura y afecta sobre todo a los locales inferiores. El sistema de suelo influye poco en el primero y decide el segundo, que es precisamente el más difícil de remediar a posteriori.
La capa elástica es la construcción clave para interrumpir la transmisión de impactos. Un sistema flotante sobre largueros con almohadilla continua reduce notablemente el nivel de presión sonora de impactos normalizado, superando habitualmente a los rollos delgados adheridos directamente. Debe advertirse que la rigidez dinámica de la almohadilla debe compatibilizarse con la masa del acabado: una almohadilla excesivamente blanda, aunque luzca excelentes cifras de absorción de impactos, puede provocar amplificación por resonancia en bajas frecuencias, empeorando el impacto en ciertas bandas. Por ello conviene exigir espectros de mejora del aislamiento a impactos medidos en laboratorio, no un único valor ponderado. Rellenar la cámara de largueros con lana absorbente suprime la resonancia de cavidad: una medida barata y de alto rendimiento que frecuentemente se omite por ser «invisible».

