La creciente presencia de equipos electrónicos e instrumentos de precisión en los pabellones deportivos ha planteado nuevas exigencias en cuanto a las propiedades antiestáticas del suelo. La acumulación de electricidad estática no solo provoca descargas eléctricas molestas para los deportistas, sino que también puede dañar los sistemas electrónicos de marcación, las pantallas LED y los equipos de audio y vídeo del recinto.

El cuerpo humano genera una gran cantidad de carga electrostática al rozar repetidamente con el suelo durante la práctica deportiva. En ambientes secos, el voltaje estático del cuerpo humano puede alcanzar varios miles de voltios. Cuando los deportistas tocan equipamiento metálico o se dan la mano con otras personas, la carga acumulada se libera de forma instantánea, produciendo una descarga eléctrica perceptible. Aunque esta descarga no suele causar lesiones graves, sí genera molestias y distracción en los deportistas, afectando a su rendimiento.
Las descargas electrostáticas resultan aún más peligrosas para los equipos electrónicos. Los marcadores electrónicos, los sistemas de cronometraje, los equipos de repetición de vídeo y los sistemas de sonido del pabellón contienen componentes electrónicos de alta precisión. Cuando el pulso electromagnético generado por una descarga electrostática se acopla a las líneas de señal de estos equipos, puede provocar errores en los datos, interferencias en la señal e incluso la destrucción de componentes. En la celebración de grandes competiciones, una avería en los equipos causada por una descarga estática puede interrumpir el encuentro, generando graves pérdidas económicas y daños reputacionales.
Los suelos deportivos antiestáticos resuelven este problema mediante la incorporación de cargas conductoras en el material. El negro de humo, las fibras de carbono y los polvos metálicos son cargas conductoras que forman una red conductora en el interior del material del suelo, permitiendo que la carga electrostática se disipe de forma lenta y uniforme a lo largo de la superficie del suelo, en lugar de acumularse hasta alcanzar niveles peligrosos. La resistividad superficial de los suelos antiestáticos se controla habitualmente entre un millón y mil millones de ohmios, un rango que garantiza tanto la disipación eficaz de la electricidad estática como la ausencia de riesgo de fugas de corriente por una conductividad excesiva.

