La planitud es la métrica más crítica y difícil de lograr en la instalación de un suelo deportivo.

Las normativas internacionales exigen que la superficie no tenga desviaciones mayores a 3 milímetros en un tramo de 2 metros. ¿Por qué es tan estricto? Porque una irregularidad de apenas 2 milímetros puede ser imperceptible a la vista, pero catastrófica para un atleta que corre a 30 km/h.
Un punto ligeramente elevado puede causar un tropiezo fatal o un esguince de tobillo al caer. Un punto hundido crea un «punto muerto» donde la pelota no rebotará correctamente y la amortiguación fallará. Para lograr esta precisión, la base de hormigón debe ser pulida con láser antes de la instalación, y los instaladores deben usar niveles de burbuja digitales y reglas de aluminio de alta precisión durante todo el proceso. La planitud perfecta es la base invisible sobre la que se construye la seguridad y la equidad de cualquier competición.

