Entre los diversos tipos de madera, el arce (especialmente el arce azucarero norteamericano) ha dominado durante mucho tiempo el mercado de suelos deportivos de alta gama, gracias a sus propiedades físicas superiores y su reconocimiento internacional.

En primer lugar, el arce tiene una alta densidad (aproximadamente 700 kg/m³) y una dureza Janka de 1450 lbf, muy superior a la del roble (1290) y el cerezo (950), lo que le permite soportar el tráfico peatonal intenso y el movimiento de equipos sin abollarse fácilmente. En segundo lugar, su estructura fibrosa uniforme y densa resulta en bajas tasas de contracción y expansión, manteniendo la estabilidad dimensional incluso en entornos con fluctuaciones significativas de humedad, lo que reduce el riesgo de agrietamiento y deformación. En tercer lugar, el color claro del arce y su veta recta y fina proporcionan un atractivo visual limpio, facilitando el reconocimiento de la trayectoria del balón durante las retransmisiones televisivas, una razón clave por la que la NBA insiste en utilizar suelos de arce.
Además, el arce posee excelentes características de retorno de energía. Cuando los atletas saltan y aterrizan, el suelo se hunde moderadamente y rebota rápidamente, absorbiendo el impacto sin disminuir la potencia explosiva. Combinado con un sistema de subsuelo profesional, su tasa de absorción de impactos puede superar el 55%, superando con creces la de los suelos residenciales convencionales.
A pesar de su elevado precio (debido a los costes de importación y las dificultades de procesamiento), la larga vida útil del arce, de hasta 20 años, y sus bajísimos costes de mantenimiento lo convierten en una opción rentable durante todo su ciclo de vida. Para recintos que buscan profesionalidad, seguridad y certificación internacional (como estadios de la CBA y gimnasios universitarios), el arce sigue siendo el material insustituible.

